es raro que la basura sea frágil // 2019

En Es raro que la basura sea frágil, la curadora Carolina Cerón usa como excusa la exposición Hablemos por sky de Dick El Demasiado y Francisco Toquica, para preguntarse de manera intuitiva: ¿Qué es la basura? ¿Qué es una exposición? “En una vasta llanura bajo un amplio cielo gris, sobre un terreno que algún día fue fértil, se erige una construcción. En ella, una exposición. Una explosión se repite, pero nunca se ve qué exploto. Solo que algo explota”. Es raro que la basura sea frágil se articula con la novela Las Pinochetas de Dick el Demasiado, también editado por Caín Press. (tomado de: shorturl.at/foyQ7)

Fragmento

Imaginemos que este texto cuenta una serie de hechos que ocurrirían en el espacio de una exposición, en el barrio donde ocurre esta exposición, pero que nunca acontecen realmente. Una suerte de sucesos que pertenecen únicamente a la ficción especulativa y que solo existen en las palabras aquí escritas. Una especie de actos performáticos. Imaginados. Todos. Es un texto pero es un performance. Es un performance pero no tiene público. Es un texto donde se degluten voces que aparecen, objetos y personas que no están, en una serie de actos. Es un texto que es un viaje, pero también es un agente secreto. Es una voz pero son todas las voces. Es un texto que flota, sí, que anhelamos que flote en el lugar de la exposición aunque no esté ni suceda. Digo anhelamos porque lo hacemos nosotros y porque hablamos de tú.  Y te aplauden y tú sonríes.

Un texto elíptico, que se diluye en las formas como hablamos, es decir, como cuando hablas, si sabes. Te tengo que decir sabes para que sepas dónde me paro, si sabes, o para que sepas más bien desde dónde te hablo, si sabes. Te hablo de tú y como queriendo decir que sí, que en efecto, tú ya sabes. Como los bailes, los bailecitos verbales un tantico esquizofrénicos. Porque tienes que saber que más que unos genios torturados, más que verdugos, copleros, máquinas de contexto libidinoso libres de corsés y manuales de uso, somos otros. Desde hace dos siglos se escriben textos que no requieren una lectura lineal; unos flanes, un montón de nada de la virgen del vapor, lo que hace de un mediocre un original. Hace años se descubrió la enfermedad de Additioni (de “adicionar”), la sufre gente como la que escribe aquí, que nunca para de meter información y se pierde el hilo de la comunicación, salas de gimnasia para el archivador en el cráneo. El elogio de los accesorios solo funciona como accesorio en el papel, pues en el espacio es el protagonista. Y te aplauden y tú sonríes.

++

Lo que las personas dicen es Historia, dice Gould. “Alquílate un hombre feliz, porque lo que antes pensábamos que era la historia, —reyes, y reinas, tratados, invenciones, grandes batallas, decapitaciones, César, Napoleón, Marie Curie, Poncio Pilato, La Baronesa Elsa Von Freytag-loringhoven, Colón— es la historia formal y en gran medida es falsa. Yo voy a escribir la historia”, siguió diciendo Joe Gould, «de la multitud en mangas de camisa —lo que dicen sobre sus trabajos, amoríos, comidas, parrandas, heridas y tristezas— o moriré en el intento.” Y así, Joe el hombre,  se dedicó a oír y transcribir conversaciones largas y cortas y conversaciones rápidas, conversaciones brillantes y conversaciones tontas, maldiciones, frases atrapadas, comentarios ásperos, situaciones y arrebatos de peleas y resentimientos, murmullos de borrachos, descripciones de objetos que no estaban ahí, ruegos de mendigos, propuestas de prostitutas, locuras de vendedores ambulantes, sermones de calle, filosofía de esquina, predicadores, gritos en la noche, rumores salvajes, gritos del corazón, discursos políticos, perpetuaciones de las jerarquías que nos oprimen… una vasta historia oral de nuestro tiempo. La transcripción que duró 40 años, terminó siendo doce veces más grande que la Biblia, con nueve millones, doscientas cincuenta y siete palabras, aproximadamente. La historia oral de nuestro tiempo, nunca existió, porque nunca se escribió.

En un museo suizo de Jean Dubuffet, el que abrazó a la locura y lo intentó enmarcar con mucho respeto, no solo hay obras para pared, o tres—d para suelo. También hay un librito con textos que son exactamente eso. Pulóveres, jersey’s tejidos con lana anudada de pedacitos de diferentes colores, centenares de diferentes lanas y colores en un pulóver que nunca acaba de tejerse por una madre que perdió el control y se olvidó de los formatos del niño y del invierno.